domingo, 26 de abril de 2009

Las directores también mueren de pie

Alain Resnais es el ejemplo clásico de un artista incomprendido. Nacido en la década de los veinte, Resnais habría de formarse como cineasta en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos de París. Sin embargo, su primer corto vio la luz cuando contaba a duras penas con 14 años. Antes de su primer largometraje, ya tenía fama mundial por al menos tres: Van Gogh (1950), Las estatuas mueren de pie (1953) y Noche y niebla (1955), estas últimas realizadas junto al cineasta francés Chris Marker. 

Al igual que Orson Wells, Resnais habría de revolucionar el cine con su primer largo, una de las más grandes películas de todos los tiempos valga decirlo: Hiroshima Mon amour (1959), historia sencilla de un par de amantes que transmiten su forma de comprender el lanzamiento de la bomba atómica en dicha ciudad japonesa. Y en su segunda película, El año pasado en Marienbad, habría de ratificar su estilo único, que está entre el ensayo fílmico, del que fue pionero con Chris Marker, y la utilización del múltiples recursos visuales para generar narraciones desde los recuerdos y las sensaciones, donde la linealidad es reemplazada por la concatenación de secuencias de manera similar a como éstas y aquellos se unen en la mente. 

Fue esto último justamente una de las temáticas centrales en la creación de Resnais: la memoria y el tiempo. Su preocupación inicial, y también la de Marker, es averiguar cómo la ausencia de memoria estructura formas de dominación política (como se sugiere en Lejos de Vietnam) y afectiva (El año pasado en Marienbad). La linealidad heredada de la escuela rusa plantea cuestionamientos serios sobre la manera en que se estructuran las sensaciones y percepciones del espectador y el personaje dentro de la cinta, por ello Resnais recurre frecuentemente a los flashbacks y las secuencias muy breves que rompen con la narración tradicional. Sobre esto ya se habían pronunciado los surrealistas, pero el cineasta francés plantea la posibilidad de que el cine pueda expresar la forma en que se estructura nuestra visión del mundo, es decir, de cómo encadenamos sentimientos con recuerdo y sensaciones sin caer en la entropía psicológica, algo que sí defienden los surrealistas como Bretón. Pero su obra no se agota en estos temas, pues llega a ser vasta, intrincada y siempre chocante, pero aún así entendible. 

Esa dualidad entre lo complejo y lo simple permite a Resnais servir de puente entre el movimiento de la Nouvelle Vague y el movimiento de la orilla izquierda, del que hacía parte Marker. Esto también hace sin duda de Resnais un referente en la cinematografía mundial.

La Conciencia puesta en escena

El año pasado en Marienbad (L'annèe dernière à Marienbad)
Año: 1961
Duración: 94 min.
País: Francia
Director: Alain Resnais
Guión: Alain Robbe-Grillet
Música: Francis Seyrig
Fotografía: Sacha Vierny
Reparto: Delphine Seyrig, Giorgio Albertazzi, Sacha Pitoeff.

Un castillo. La aristocracia reunida en torno a una celebración olvidada. Allí, un hombre y una mujer que parecen ser una pareja. Junto a ellos, pero no allí, un hombre que ama en silencio. Un recuerdo y una vieja promesa que parecen no haber existido más que en la mente de ella y de él. Luego, un monólogo que se repite una vez mientras un hombre camina taciturno por un pasillo hacia un salón donde hombres ricos y mujeres sofisticadas simulan diálogos alegres con posturas de estatuas de bronce. En una subjetiva la cámara nos lleva a un juego en el que un hombre asegura con impotencia ganar siempre que lo juega.

Aquí está de nuevo el triángulo amoroso: el jugador de juego inquebrantable parece el esposo o el novio de la mujer. Quien juega con él es el amante, el hombre que ama en silencio. Y así es cómo vamos averiguando parte de la trama: el hombre X ama a la señora A que parece estar en ese enorme castillo con el señor M. Según X, él y A se encontraron exactamente un año atrás ahí y prometieron encontrarse un año después y huir juntos. A dice no recordar nada aunque acepta ciertas cosas que dice X sobre lo ocurrido. Y la película cuenta cómo X intenta convencer a A de cumplir su promesa. El problema con la película de Resnais es que lo que vemos parece ser los recuerdos de X, o tal vez la manera en que X va narrando en el presente la historia que le ocurrió con A o incluso podríamos decir que presenciamos la desaforada imaginación de X.

La pregunta más importante en El año pasado en Marienbad es sin duda la de cómo saber si lo que afirma X es real. Nos enfrentamos a uno de los temas predilectos de la filmografía de Resnais, muy cercano a la epistemología kantiana: la relación entre la memoria, el tiempo, el espacio y la forma en que los aprehendemos. Si toda la cinta es la versión de los hechos de X, ¿es posible decir para el espectador si los personajes adicionales independientes del señor X existen? La película es tal vez la mejor forma de explicar en qué consiste el solipsismo, esta teoría filosófica que afirma que la única verdad objetiva es la existencia de mi mismo y que la realidad, si llegase a existir independiente de mí, sería imposible de conocer. ¿Cuál sería el criterio para asegurar la existencia de A o de M? Nótese que no hay ninguno. La pregunta que nace de esta película y que parece un problema abierto en las neurociencias es: ¿cómo distinguir un estado mental sobre el mundo del mundo mismo? ¿Acaso nosotros estamos en la misma situación en la que se encuentra el señor X?

jueves, 23 de abril de 2009

Lo contracultural en el cineclubismo

LO CONTRACULTURAL EN EL CINECLUBISMO
Para el sociólogo francés Pierre Bourdieu, los productos culturales como el cine o la literatura, se rigen por las mismas reglas del mercado que los productos comerciales debido a que los primeros buscan perpetuar un statu quo, similar al que buscan los segundos. Esa perpetuación es una perpetuación del poder: las clases dominantes crean toda clase de artilugios con el fin de no dejarlo escapar. En este escenario medianamente dantesco, los productos culturales (como las obras de arte) son bienes de mercado, y en ese sentido, la sociedad capitalista los valora en términos estéticos; esas obras son, en un sentido bourdiano, el resultado de estrategias elaboradas por los productores culturales (o sea, los artistas en general), que pueden o no tener el papel de cuestionar valores sociales. En palabras sencillas, esas obras son producto de una contracultura. Para Bourdieu, la contracultura es la capacidad de los productores culturales para elaborar estrategias de resistencia frente a la cultura legítima o dominante. Es en este aspecto en el que los cineclubes empiezan a cumplir un rol determinado: puesto que estas obras de arte no son arte de masas, fundamentan su valor estético, en parte, en su rompimiento con la lógica del mercado. Su espacio no puede ser el mismo espacio del arte comercial, así que se requiere de uno –el que sea- para que aquel sea dado a conocer. Ese espacio, si bien puede ser cualquiera, en el caso del cine, es el cineclub, ese espacio donde se proyectan películas y se debate en torno a ellas.
Aunque es cierto que los cineclubes nacen como la reunión de un grupo de cinéfilos que quieren ir a hablar de una película, su papel se ha ido modificando a través del tiempo, pues a ellos ya no asisten solamente especialistas sino gente que quiere acceder a una nuevo cine. Con la llegada de estos espectadores, los cineclubes redefinen su misión, convirtiéndose en cierta forma en instituciones encargadas de la formación de públicos. Y si a eso añadimos que muchas de las obras dadas a conocer en ellas contienen un mensaje de rompimiento con el establishment, la labor de formar públicos deja de ser un mero capricho o un recuerdo de los primeros cineclubistas, para volverse una misión, una misión con sentido crítico. Si bien el cineclub, por su origen, se muestra como expresión de inconformismo con la sociedad en tanto es un espacio alternativo de exposición de películas y espacio crítico de las mismas, actúa de manera institucionalizante, pues se encarga de enseñar a los espectadores una manera “correcta” de ver una película. Esto sólo reproduce estándares narrativos desde lo visual que impiden un cambio en el paradigma establecido. Por ello, un cineclub que merezca ser llamado así debe propender porque sus asistentes adquieran un pensamiento crítico, pero dentro del sistema, con el fin, no de que éste entre a determinar contenidos artísticos, políticos, éticos, etc., sino como un vigilante del libre pensamiento que debe darse en una sociedad como la nuestra desde la cinematografía. El cineclub en la Nacional defiende la necesidad de que la sociedad y sus actores sean cuestionados por el arte, sin que ello signifique una pérdida de libertades de ninguna clase y que permita cambiar aquello que deba ser cambiado. En eso se halla en sintonía con las contraculturas.
 Victor A. Arevalo
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La misión terapéutica del cine japonés

Ichi the Killer (Koroshiya 1)
Director: Takeshi MiiKe
País: Japón
Reparto: Tadanobu Asano, Nao Omari, Shinva Tsukamoto, Paulyn Sun, Susumu Terajima, Shun Sugata...
Guión: Sakichi Sato (cómic Hideo Yamamoto)
Musíca: Seiichi Yamamoto
Fotografía: Hideo Yamamoto
Productora: Coproducción Japón, Hong Kong y Corea del sur.
Duración: 129 min
Año: 2001

Takeshi Miike ya nos había sorprendido con Audition, sobre todo por la forma magistral en la que se cambia de ritmo en una cinta aparentemente monótona, basada en la historia de un hombre que busca el amor. Entre lo gore y lo videoclip, llega Ichi the Killer, basada en la serie manga homónima de Hideo Yamamoto. Ichi es un joven oprimido y ultrajado por todo el mundo, que debido a las frustraciones que ha padecido durante toda su vida, encuentra la forma de desahogar sus impulsos sexuales por medio de la violencia extrema. Esto llama la atención de la Yakuza (la mafia japonesa), lo que convertirá a Ichi en un asesino profesional, el más temido del Japón. La película nos cuenta el momento en el que se busca al asesino de esa mafia y Kakihara, su segundo al mando, se encarga de arreglar cuentas con cuanto sospechoso se atraviesa en su camino.

Ichi The Killer es una sinfonía de sangre y tripas volando por la pantalla, es una amalgama de torturas físicas y psicológicas que dejan al espectador atornillado a su silla y con pocas ganas de ir al Japón. La violencia presentada sin mayores tapujos le ha valido a Miike sinnúmero de críticas dentro y fuera de su país. Sin embargo, la película ha sido presentada en muchísimos países, incluyendo el círculo alterno nacional. ¿Por qué este tipo de películas atraen al público? ¿Acaso morbo? Algo más que eso se encuentra en Ichi.

En la memoria colectiva del Japón la violencia se halla enquistada como una necesidad de supervivencia, porque en su historia los japoneses fueron siempre un pueblo de guerreros, lo que no iba en contravía de las hermosas obras de arquitectura, poesía y filosofía que crearon a través del tiempo. Pero algo pasó con el Japón milenario después de la segunda guerra mundial. Es posible que su carácter haya sido modificado sustancialmente después de ver desaparecer a más de 300.000 de sus habitantes en un segundo. Sea lo que sea, el Japón de hoy es una nación encaminada a la paz y el desarrollo tecnológico, con ninguna intención de apoderarse de territorios vecinos o de intervenir en guerras que no le corresponden (o al menos a las que se le obliga por convenios internacionales).

El espíritu japonés, sin embargo, aflora en cada expresión artística, y en el cine ha querido plasmar su necesidad guerrera desde los primeros maestros del cine nipón, como Kurosawa o Kobayashii. Miike no ha sido ajeno a esa necesidad y de allí que sus películas se encarguen de mostrar esa violencia cruda y extrema que parece ocultar el pueblo japonés pero que su cine se encarga una y otra vez de mostrarnos. Parece ser una especie de exorcismo, o de una forma de sobrellevar el duelo por lo ocurrido en el siglo XX. No es extraño algunas de las series de anime conocidas en el país sean de héroes que asesinan por doquier en defensa de la Tierra (Evangelion) o de una serie de valores (Saint – Seiya) o simplemente por demostrar una superioridad (Pókemon, Dragon Ball Z y GT, Yu – Gi – Oh).

Así, Ichi the Killer, como otras películas de ese país, busca que el público japonés, y el que ve la película en general, desahogue su violencia reprimida por medio del cine. Es decir, que Ichi the killer parece sugerir que todos tenemos algo de Ichi, aunque sólo unos pocos entendieron que mezclar la realidad con la ficción como la hace Ichi sólo puede traer caos y más y más violencia.

Y que mejor que ustedes vean cómo surge esa espiral de violencia en Ichi. Les dejamos la primera de cinco partes de Koroshiya Ichi 0, la precuela en anime de Ichi The Killer.

Salsa, Cali y narcotráfico: El Rey

Director: Antonio Dorado

Producción Ejecutiva: Alina Hleap Daniel Lesoeur

Director De Fotografía: Juan Cristobal Cobo, Paulo Andrés Pérez

Director De Arte: Johans Paredes

Reparto: Fernando Solórzano (Rey), Cristina Umaña (Blanca), Marlon Moreno (Pollo), Vanessa Simon (Laura), Diego Vélez (Maluco) Elkin Díaz (Camarada ), Juan Sebastian Aragón (Pulgarín).

Maquillaje: Ei Martínez

Música Original: Red House, Fernando Aguilar

Script: Ana María Ribón

Guión: Esperanza Astroz

Duración: 93 min

Año: 2004

El rey , del director Antonio Dorado, es la historia de un caleño que crece en el tradicional y peligroso Barrio San Nicolás de la ciudad de Cali, quien encuentra en el tráfico de drogas una forma de ganarse la vida. La vida de Rey, basada parcialmente en la de Jaime Caicedo "El Grillo", se llena de traiciones, intrigas y pasiones que desequilibran su universo. Esta película recuerda en gran parte cintas latinoamericanas del tipo gangsters, pero muy adaptadas a nuestro mundo, a Latinoamérica. El director, también documentalista, recrea una Cali con todos Los matices del mundo valluno de los años 60 y 70, mantiendo un movimiento contagiador donde sobresalen las actuciones, la ambientación natural,  la musíca y una gran fuerza actoral por parte de Fernando Solorzano, haciendonos creer que es el verdadero Rey.

 Esta visión muy colombiana, muy caleña, del mundo del narcotráfico ha llevado a pensar que el cine colombiano se especializa –a la vez se escandaliza- de mostrar dicha realidad.  La cinta, de corte noir, debe llevarnos a pensar en esa Colombia que está oculta y que a veces no queremos contar, tal vez por sabernos hasta la saciedad violentos, como lo muestran películas como María Llena eres de gracia, pero también con unas enormes ganas de vivir. La lucha por la supervivencia es dibujada aquí a través del narcotráfico y sus consecuencias, pero, más que nada, muestra de la situación crítica que vive no sólo Colombia sino toda Latinoamérica.

Una de las mejores cintas colombianas contemporaneas, que paga verla y disfrutarla.

El cine se mira el ombligo

Dirección: Francois Truffaut

Guión: Suzanne Schiffman, François Truffaut, Jean-Louis Richard

Reparto: Jacqueline Bisset Alexandra Stewart Jean-Pierre Léaud Jean-Pierre Aumont, François Truffaut, Valentina Cortese.

Duración: 115 min

Género: Drama

Nacionalidad: Francia

Año: 1973

La noche americana es un truco cinematográfico que consiste en hacer creer al público que una escena determinada se filma de noche cuando en verdad se filma de día.  Y si bien no es el truco de la primera secuencia que acaban de ver, sí es mutatis mutandis una noche americana, pues el espectador cree ver el inicio de una historia (la cacheta monumental de Jean Pierre Leaud) aunque, en verdad no lo sea.  

Esto es lo que Truffaut quiere hacer en su película La noche americana del año 1973: hacer creer al público algo que no ocurre. La cinta que se filma en bien podría ser la misma cinta que el espectador ve (cosa esta difícil de pensar), pues ella no es más que un diálogo entre el equipo dirigido por Ferrand (interpretado por Truffaut) y el equipo dirigido por el mismo Truffaut.  Ambos cuestionan, con la misma exactitud con la que lo haría un espejo, la identidad de la labor de un cineasta que participa de una industria, del poder del dinero frente a los estudios y al trabajo artístico del cine.  Con una narración ágil y un elaborado manejo de cámaras, Truffaut logra dar su propia visión de lo que es el cine y de la manera en que se lleva a cabo el trabajo detrás de cámaras.   A través de un sinnúmero de situaciones, el espectador se acerca al modus vivendi del cineasta, a sus inquietudes y dificultades cotidianas en la filmación de una cinta.  

La película fue bien recibida por el público, aunque sin duda no es la mejor cinta de Truffaut. Jean Luc Godard, el otro gran cineasta francés de los setentas, criticó a Truffaut por ella, pues consideraba que se había vendido al cine light de Hollywood.  Sin embargo, la película tiene un cierto dejo de nostalgia por la labor del cineasta antes de la llegada de los grandes estudios.  No es una crítica mordaz ni analítica, es más bien un repaso a la historia de lo que fue hacer cine en el mundo, con pocos recursos pero muchas ideas.

Bueno, los invitamos a que le echen una miradita a la película. Vale la pena.


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