domingo, 20 de septiembre de 2009

1950 -1990: El cine colombiano Entre risas y lágrimas

El país de la primera mitad del siglo XX no vio en el cine un vehículo de manifestaciones individuales, colectivas, emocionales, políticas y sociales que reflejaran la realidad colombiana. No obstante este divorcio entre el país y el séptimo arte, dio pie para que en los años 50 se pensara en el papel que “debía” tener el cine en la realidad nacional, surgiendo una preocupación por saber qué se estaba mostrando en la pantalla. La historia cultural del cine nacional se parte en dos a partir de 1957: se comienza a realizar un cine más ‘contemporáneo’ y la producción se industrializa poco a poco.

Con la etapa semi-industrial del cine nacional (1960-1978) comienza una época de grandes desarrollos cinematográficos nacionales, producto del cambio de visión funcionalista del cine, se presenta un cambio de temáticas, lo que da inicio al cine de género por ejemplo, en el cine político (Aquileo Venganza de Ciro Durán, 1967), el de suspenso (Funeral Siniestro de Jairo Pinilla Téllez, 1977), la comedia (Esposos en Vacaciones de Gustavo Nieto Roa, 1978) o la tragicomedia, que era el más recurrente (Entre Risas y Lágrimas de Enrique Gutiérrez Simón y Humberto Wilches, 1961; El Taxista Millonario de Gustavo Nieto Roa, 1979).

Ahora existían dos procesos: El cine independiente o de autor y El cine comercial o industrial. Asimismo, por el contexto nacional y mundial, por las tendencias y la moda, no se concebía la división de los dos procesos como actualmente se hace, sino que se tenían en cuenta ideales y tendencias políticas. El cine independiente era considerado como un cine político y social que buscaba expresarse ante la realidad, ante la injusticia; era, ante todo, un cine marginal. Y el cine comercial visto de manera “radical” por los realizadores de cine independiente como pura utilización del medio expresivo con fines netamente económicos, mostrando marcados intereses lucrativos que favorecían a un reducido número de personas.

Después de varios intentos fallidos por incentivar la industria fílmica, el Estado decidió crear una entidad pública que se encargara del correcto funcionamiento de las leyes que regirían el cine nacional. Así, a finales de 1978, se creó la Compañía de Fomento Cinematográfico FOCINE, que velaría por el incremento de la producción de largometrajes a través de políticas que labraran el terreno para que esto se diera. Aunque la etapa de Focine fue la más activa de la cinematografía nacional (comparable solamente a lo que ocurre hoy en día), no hubo un aumento de la cantidad de público en las salas, lo que indicaba la constante apatía del colombiano hacia su cinematografía. Durante sus diez años de existencia, produjo en 35 milímetros 29 largometrajes, 139 medios (más de cuatro por año) dos cortos y en formato de video un largometraje, seis medios y cinco cortos.

Los directores que llegaron al país a finales de los 70 trataron de cumplir con las funciones sociales que tenía el cine en tanto arte. Es el caso del cine de denuncia social que surgió en esta época, que presentó cintas como Canaguaro (1981), del director chileno Dunav Kuzmanich o Cóndores no entierran todos los días (1984) del director belga Francisco Norden. En este grupo de nuevos directores se hallaban también realizadores nacionales, como es el caso de Luis Ospina y su opera prima Pura Sangre (1982), Carlos Mayolo con La mansión de Araucaima (1986), Victor Gaviria con Rodrigo D- No futuro (1988) o Sergio Cabrera con su célebre Estrategia del caracol (1993).

Y es así que la década de los ochenta le dio paso a las coproducciones de los noventa a la llegada de actores y técnicos extranjeros, inversión foránea y nuevas formas de concebir el tan anhelado cine nacional; formas que bien podrían dejar de lado la “romántica” idea de pretender construir una industria cinematográfica nacional y representar una realidad, un país y una identidad. Mostrando una nueva forma de contar las historias, más populares, satíricas y urbanas, pero sin dejar de lado el sentido estético de la imagen que cada realizador le imprime. Entonces se puede decir que el cine realizado en estos años, bien independiente, bien comercial, es el tipo de cine con el que el espectador se reconoce más hoy en día, por tratar problemas individuales y colectivos que de una u otra forma han vivido.