martes, 16 de febrero de 2010

Un comentario sobre Soy un cyborg

"I'm a Cyborg, ¿But That's OK?" (Park Chan-woon, 2007).
Debo decir que mi juicio en torno a la penúltima película del genial Park Chan -woon se encuentra viciado por un error involuntario. Vi la película con un amigo que me dijo que la cinta no era ni más ni menos que Sympathy for Lady Vengeance, que no había tenido oportunidad de ver.
Bueno, así fue. Empezamos a verla y a medida que transcurrían las secuencias yo no podía salir del asombro: ¿el creador de Old Boy estaba contando esta historia de amor, remedo de Amelie? Pues cuando terminamos de verla yo no podía salir de mi asombro. Me preguntaba si este sí era Park Chan-woon. ¿Dónde estaba el maestro que creo Old Boy? Y me negaba a creer que pudiera tener alguna conexión con esa película al menos. ¿Cómo puede configurarse la idea de venganza en esta historia clásica de amor de dos esquizofrénicos en un sanatorio? Nada cuadraba.
Y entonces me dije: “es que tal vez hay que leer entre líneas, como con los contratos de arrendamiento”. Y empecé a encontrar conexiones inusitadas. En mi versión de I’m a cyborg but that’s OK el tema es, claramente y cometiendo un error imperdonable, la venganza. Y teniendo en cuenta esto, tiene todo el sentido que el locus de la película sea la locura. Pues, ¿no es acaso la venganza un tipo de locura temporal ocasionado, por ejemplo, por la rabia incontrolable? La historia de Young goon se transforma de la inocente historia de una joven mujer que cree ser un cyborg en el triste caso de una mujer que fue sometida desde pequeña a un sinnúmero de vejaciones (su abuela la hizo creer, como su madre, que era un ratón, obligándola a comer rábanos) que la convirtieron en la esquizofrénica que en lugar de arroz “come” energía de las baterías. Hasta ahí, empezaban a encajar las piezas.
Pero la historia siempre apunta a lo contrario, pues la puesta en escena, la música, los primerísimos primeros planos no dejan una y otra vez de traernos a la mente la genial película de Jean Pierre Jeunet. La imaginación, el romanticismo y los efectos especiales hacen que pronto la idea de la venganza se vea descartada. Si bien Young goon acepta albergar en su corazón sentimientos de venganza, pronto la necesidad de conocer cuál es la misión de su vida se vuelven el fin tras el cual van los protagonistas.
Aquí la locura, con un poco de fantasía, se toman la obra de Park chan-woon. Sin más interlocutores válidos que los teléfonos públicos, las máquinas expendedoras y las luces fluorescentes, Young goon configura su vida y busca su destino, desarrolla sus relaciones afectivas y su relación con el mundo en torno a esa búsqueda. Pero pronto se hará manifiesto que sin el guía adecuado nunca lo podrá hacer. Por eso, el papel de Park Il-soon es fundamental: porque en su locura tiene la sensatez de evitar que Young goon muera de inanición. Y por esa misma sensatez (o por la falta de ella, aquí valen las dos) absorbe su compasión, único impedimento que tiene Young-goon para asesinar a todos los médicos del hospital, según ella, los culpables de la muerte de su abuela. Pero esta venganza no es más que un bello recordatorio de lo que quería que fuera la película y no fue. La muerte de los doctores es una fantasía de Young-goon y de Park Il-soon, que empiezan a encontrar en sus esquizofrenias el punto de unión que los hará enamorarse.
Por eso es que Park il soon ayuda a nuestra heroína a comer con un ingenioso mecanismo que adhiere a su cuerpo (ingenioso no tiene un tinte sarcástico aquí: míreselo en contexto y se entenderá la ingeniosidad del invento de Park Il-soon) y a liberar sus malos pensamientos. Es así que puede al final descifrar cuál es el sentido de su vida: Young descubre que es un arma nuclear y debe volarse y con ella el resto de la humanidad. Y aquí vuelve a mí la pregunta inicial: ¿Dónde está el Park Chan-woon de Old Boy? El final de la película no puede ser peor.
Pero no lo voy a contar, porque quiero que tengan la oportunidad de alabar la genialidad de Park Chan-woon o de lamentarse por haber pagado el tiquete (boleta) para ver la película.

Por: Andrés Arevalo
Filosofo – Magister en estudios Sociales de la Ciencia     
Profesor Departamento de Lingüística
Universidad Nacional de Colombia – Sede Bogotá

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